Huyendo de Venezuela

Viaje por tierra desde Brasil a Chile.

Primer día:

Compré un pasaje desde Caracas, Venezuela a Pto Ordaz, el viaje estaba pautado para las 8 p.m, el autobús llegó atrasado, salimos a las 11 p.m, lo primero que note fue que tenía los cauchos lisos, -este viaje será una odisea- pensé. El autobús se accidentó a la altura de la UNIMET -Mala señal-, luego de eso el autobús se accidentó otras cinco veces y jamás llegó a su destino final. No nos devolvieron el dinero del pasaje, allí decidí pagar un pasaje a Kilómetro 88 en lugar de a Pto Ordaz pensando que sería mucho más inteligente y rápido ya que no sabía si a la hora que llegara a Pto Ordaz habrían pasajes para Santa Elena de Uairen.

Debo destacar que en Pto Ordaz debía encontrarme con un grupo de chicos que “conocí” en un grupo de Facebook de Venezolanos a Chile ruta Brasil 2017, nos veremos en Santa Elena, que más queda, pensé.

El viaje hasta Kilómetro 88 fue bastante incomodo, con vallenato a todo volumen y un compañero de viaje que escuchaba regueton-Sia-Juan Gabriel-David Guetta con unos audífonos que proyectaban la música hacia afuera. Cada cierto tiempo algún GNB hacía detener el autobús para registrarlo.

Llegué a las Claritas a las 8 a.m y por alguna razón decidimos esperar al próximo auto-bus que nos llevara hasta Santa Elena, en medio de una acera en un lugar bastante peligroso hasta las 1 p.m cuando resignados dijimos: “bueno, nos tocará pagar un taxi”

Pagué 20.000 bsf para que me llevaran desde las Claritas hasta Santa Elena, ese era el por persona, cuatro personas por viaje.

Conocí La Gran Sabana, es lo único que me reconforta, limpie todo lo malo que me había pasado entre sus paisajes.

Al llegar a Santa Elena el grupo evidentemente no estaba, perdimos demasiado tiempo en las Claritas, le dije a mi compañero “bueno nos tocará hacer el viaje solos”. Tomamos un taxi que me costó 3.000 bsf hasta “las lineas” (la zona fronteriza con Brasil) me monté asustada ya que los otros dos pasajeros tenían un aspecto para temer, la paranoia que Caracas me había inculcado no podría dejarla fácilmente. Lei mientras uno de ellos le escribía su tío “el conejo”: “pendiente, ya vamos llegando” he inmediatamente mi miedo llegó a su tope.

Llegué a las lineas, no me robaron, no pasó nada. Al llegar a la frontera el taxista nos dejo más allá de ambas migraciones, hice cambio de bolivares a reais y de dolares a reais también, luego de hablar un rato con los chicos que me hicieron el cambio uno de ellos me pregunta si ya selle mi pasaporte, mi respuesta es negativa y él me señala a dónde debo ir y es cuando pienso, espera, tampoco me han sellado la salida de Venezuela, tuve que dejar mi equipaje a la buena de Dios y salir corriendo hasta el SAIME (migración venezolana) ya que faltaban minutos para que cerraran, llegué sin aliento, esperé mi turno y me toco ser atendida por una persona que parecía bastante molesta con todos, esta persona no quería dejarme salir de Venezuela porque mi pasaporte se vencía en tres meses, al decirme eso mi reacción natural fue “No me hagas esto”, pensar que me tendría que devolver a las Claritas me daba pánico y todo lo que eso significaba, su respuesta fue “Bueno, yo te voy a sellar, que te devuelvan en Brasil”.

De nuevo salí corriendo hasta la migración de Brasil, tome el último turno. La chica que me atendió fue bastante cálida, me preguntó hacia dónde iba, le respondí que hacia Bolivia, emocionada me preguntó cuántos días necesitaba para llegar a mi destino, le dije que 10 pero ella me dio 15 días para prevenir, sello mi pasaporte y no me dijo nada por la fecha a vencerse.

 

Seguí, busque mis maletas y allí tome un taxi hasta la ciudad más próxima, Boa Vista. En el taxi conocimos a un Venezolano loco, loquísimo, que llevaba dos semanas viajando de pueblo en pueblo hasta llegar a las Claritas porque alguien le dijo que allí se movía mucho dinero, luego le dieron un aventón hasta las lineas y allí decidió lanzarse solo con el dinero para pagar el taxi hasta Boa Vista, su respuesta fue que allí se las resolvería, el chico vendía mentol, pero su respuesta fue que él vendía labia, que lo importante era lo que se le dijera a la persona a la hora de venderle el producto, el último mentol que había vendido fue a un aborigen al que le dijo que servia para que su miembro se erectara de forma más rápida, en fin, loquísimo.

Al llegar a Boa Vista a las 8 p.m apróximadamente, fui directamente a comprar un pasaje para Manaus, compré los dos últimos boletos y allí fue mi despedida con este personaje tan peculiar.

Por primera vez dormí bien, toda la noche, no nos pararon, no hubo accidente. Llegamos a Manaus y nos topamos con la sorpresa de encontrarnos con el grupo con el que se supone íbamos a viajar, vaya sorpresa, ellos estaban esperando a otra persona del grupo, que también iba atrasado pero que a diferencia de nosotros si se había podido comunicar.

Allí ellos conocieron a una pareja de venezolanos maravillosos, que nos invitaron a su pieza, tres de nosotros se quedó en la pieza con las maletas y los otros tres más el venezolano que nos estaba ayudando salieron a cambiar dolares por reais y a comprar el pasaje para el barco en el que cruzaríamos el Río Amazonas.

Llegaron y trajeron consigo noticias muy, muy malas, el barco saldría en cuatro días -Pánico-, qué haremos, pues la respuesta del chico que nos ayudaba fue: “tranquilos, se quedan aquí” y los cuatro días se convirtieron al final en algo bueno, conocimos la ciudad de Manaus y unos más que otros en el grupo aprendieron varias cosas en portugués.

Bonus track de mala suerte: mis anteojos se rompieron y sin ellos no veo absolutamente nada de lejos, uno de mis compañeros de viaje sacrifico sus lentes de sol, compramos pega loca (no tengo idea cómo se llame en otros países) y pegamos los cristales a la montura y seguí adelante.

Intentamos probar varias de las cosas que nos ofrecía Brasil:

Calabresa, galletas, refresco (gaseosa) de guarana y cerveza brasileña.

Al cuarto día al fin partimos hacia el barco, tuvimos que pagar más porque el barco estaba “lleno” a pesar de que ya habíamos comprado los boletos cuatro días atrás, compramos las hamacas y pagamos una lancha que nos llevo hasta el barco.

Despedirse de la pareja que nos ayudo fue extraño, se sentía como toda la vida, haber estado con ellos.

Ya en el barco fue complicado conseguir un lugar para colocar nuestras hamacas, en cuanto llegamos mirar el barco fue un “Bienvenidos al tercer mundo”.

Encontramos lugar, nos acomodamos de la manera más estratégica posible, el barco tiene seis baños (asquerosos), el pago del boleto viene con comida incluida, el desayuno es al rededor de las 6 a.m, usualmente es: café con pan o galletas; el almuerzo siempre es arroz o pasta, la pasta jamás la probe, solo verla me era desagradable, para acompañar usualmente había pollo y granos, más farinha si era de tu agrado, yo la probe al segundo día en el barco, es una especie de maíz seco que se infla al comerlo, a mí en lo personal no me gustó, me costó masticar y tragar, no lo volví a comer.

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